(Diario de una lunática II)
Fin de semana.
Me gusta ese momento de la mañana, cuando me despierto y me quedo un rato en la cama, con la mente, en ese estado de relajación al que solo llega uno cuando ha tenido un descanso perfecto; y no lo ha despertado un “relojito” gritón, exigente y maleducado, sino el sonido del viento o de la lluvia, o de los pájaros o la voz de la vecina diciéndole a su pequeño:
- Vamos Luisito, cómete los cereales, o no bajarás a jugar…
Me estiro en la cama, giro varias veces sobre mí misma y vuelvo a la posición inicial. Sonrío. La vida es casi perfecta.
De una increíble doble patada, empujo la ropa de la cama hacia atrás, y me levanto de un salto. Me siento con energías, hoy va a ser un gran día, lo presiento.
Noto un poco de frío. Mucho frío. ¿Qué pasa? Parece que no funciona la calefacción. No importa.
Voy a darme una ducha. El agua caliente me da energía. Me enjabono el pelo y me entra jabón en un ojo. Es igual, el escozor se acaba pasando. Me acabo de aclarar el pelo con agua tibia, la bombona del butano debe estar en las últimas. Bueno, no pasa nada, casi he terminado.
Se me cae el secador y ahora sobra una pieza, que no se donde va. Por supuesto no funciona. Es lo mismo.
Voy a tomarme un café bien cargadito para entrar en calor. Pero parece que no va a poder ser. Creí que había otro paquete de café por algún lado…Bueno. Como es sábado bajaré a desayunar al bar de la esquina. Y así aprovecho y me como unos churritos.
Me pongo unos vaqueros descoloridos, un viejo anorak al que tengo un especial cariño, y un gorro de lana sobre mi pelo mojado. ¡No me vaya a constipar!
Bajo por la escalera y me tropiezo con un patinete olvidado en el tercer escalón. ¡Casi me rompo los dientes! Con el gorro de lana tan calado, apenas veo nada. Pero no quiero constiparme.
En la misma puerta del bloque un coche me salpica al pasar. ¡Como me ha puesto de barro! Pero nadie me va a estropear el día. Veo la esquina donde está el bar y decido echar a correr para llegar más rápido. Ha empezado a llover con fuerza.
Al cruzar la calle un coche se me echa encima. No lo he visto con este maldito gorro de lana. El conductor saca la cabeza y me grita: - ¡Borracho hijo de puta! ¡Mira por donde vaaas…! Yo levanto el puño cerrado y mi dedo corazón sale disparado como un resorte, para hacerle un perfecto saludo hawaiano (el mismo que mi amigo Paquito me enseñó a los cinco años). Parece que no le ha sentado muy bien, porque sale del coche corriendo y gritando palabrotas. Consigo darle esquinazo tres manzanas más allá.
Estoy sofocada y tiritando de frío, todo a la vez. Por fin llego a la puerta del bar y descubro un cartel que dice: “Cerrado por asuntos familiares”
Me vuelvo a casa arrastrando los pies, empapada, llena de barro, congelada (mi nariz ha empezado a gotear, creo que me he constipado), y con un terrible “mono” de cafeína.
¡Maldita sea!
Odio el fin de semana.








